Por Lorena Álvarez
Una porción extensa de la población, exhausta, descreída e insatisfecha, frente al canto de sirenas de alguien que viene a romper todo. Así podríamos describir estas elecciones PASO.
Aunque Javier Milei salió primero, casi empatando con ausentes, impugnados y votantes en blanco —y a su vez con sus otros contrincantes—, se adueñó del protagonismo y de los miles de análisis sobre los resultados. No obstante, aún está dicha tiene la última palabra, ya que a la carrera todavía le quedan una posta o dos. A pesar de los gritos que propina desde la pantalla de la televisión, luego multiplicados hasta el hartazgo en todas las redes sociales que parecen ensordecer cualquier lectura.
Asimismo, frente a la magra performance del peronismo, podríamos preguntarnos honestamente: ¿qué pasó que, a 40 años de la recuperación democrática— y en el período más largo de vivir sin temor a los golpes— todo parece estar al borde del quiebre?
¿Qué canal de comunicación se cortó para que muchos compatriotas se animen a dar un salto al vacío? ¿Por qué encuentran tan seductor al abismo, viéndolo como un mal menor?
Lo que dejó el 13 de agosto del 2023 quizás sea visto en unos años como el momento en el que se rompieron muchas certezas y debimos replantearnos todo aquello que se daba por sentado. Al menos desde la dirigencia peronista que gobernó 16 de los últimos veinte años: los años que vivimos politizados. Pero… ¿lo estábamos?
Quizás sí una buena parte de la clase media, los que hoy tal vez sean esos actores sociales que podrían sentirse representados por el peronismo, en cuya convicción en esa sobrepolitización dejó de lado a otra parte, que otrora sí estaba contenida.
Milei penetró en esa base electoral histórica y con un discurso que, a simple vista, va contra sus propios intereses. Lo que también nos llevaría a ahondar sobre cuáles son hoy los intereses de esos segmentos de la sociedad, tan dispuestos a cambiar de camiseta y sentirse abrigados a pesar que aún no conocen cuál será esa prenda que los arropará.
¿Qué se entiende por Estado?
Ante todo, esa es una buena pregunta para desentrañar parte de este meollo.
Muchas encuestas han sugerido que mayoritariamente los votantes de Javier Milei están a favor de la salud, la educación y la seguridad como un bien público a conservar. Por ende parecería contradictoria la destrucción del Estado. Sin embargo, no les tiembla el pulso a la hora de pedir que este no exista más, o al menos, de preservarse, que sea en su mínima expresión.
No a los impuestos pero sí a sostener algunos servicios públicos. Parecen factibles dentro del menú que agrega dolarizar sin saber cómo ni las consecuencias que esta medida podría tener en el futuro. Todo junto y revuelto.
A su vez, nadie quiere que aumenten las tarifas ni que el boleto del colectivo se vaya por las nubes. Que haya jubilaciones dignas y un Pami atento a las necesidades de los mayores pero que los aportes se reduzcan.
Si bien ese rompecabezas es casi imposible de armar, tal vez detrás de toda esa maroma de sugerencias, entremezcladas con berrinche, solo se pida un Estado más eficiente y menos burocrático: un Estado con el que se cuente y que no malgaste. Porque ahí sí entra la política, el sindicalismo y hasta algunos empresarios, como esa élite que nunca se empapa después de cada tormenta.
Todo, sumado a reclamos que a lo largo de los años fueron creciendo frente a respuestas símil cliché, que fueron acumulando enojos. Demandas que iban desde la seguridad a reformas tributarias o laborales nacidas de su propio núcleo de votantes.
Como bien sintetiza el sociólogo y antropólogo Pablo Semán, la necesidad de «un Estado que no haga la mímica de estar presente».
Doña Rosa
La historia nunca se repite idéntica y los contextos no se calcan pero ciertos hilos invisibles suelen parecerse y colaboran para que los dramas se asemejen.
Para todo lo que sucedió en los 90’, privatizaciones mal hechas, la venta de cada una de las joyas de la abuela al mejor postor y ese supuesto ingreso al mundo de la mano de una convertibilidad que nos dejaba sin matriz productiva (algo que ya había empezado mediante las políticas económicas implementadas durante la dictadura y que no había podido regenerarse durante los años alfonsinistas), previamente hubo una etapa de fogoneo sobre aquello que irritaba y no encontraba solución.
Una empresa telefónica que tardaba años en ponerte el teléfono, apagones en verano y una burocracia densa que fue muy bien retratada por Antonio Gasalla en su papel de Nelly, la empleada pública que al grito de “¡atrás!” ponía orden a personas que esperaban ser atendidas por un trámite.
Basta ver hoy un reportaje del año 1988 al conductor televisivo Roberto Galán, un peronista de la vieja guardia, en el que pedía por la privatización de los canales de televisión. «Ya que está en manos de funcionarios burócratas que no saben nada», decía. Los reclamos de cambio venían de los lugares más insólitos.
Pero la principal voz cantante provenía de la pantalla de canal 11, luego Telefé. Ese rubro fue de los primeros en ser vendido, y el encargado de llevar el estandarte era el periodista Bernardo Neustadt, que no ahorró minutos en hablarle a un personaje inventado, la ciudadana común, Doña Rosa, sobre el desastre de lo estatal y las maravillas de lo privado.
Carlos Saúl Menem dicen que dijo que, si contaba lo que pensaba hacer, no lo hubieran votado, pero uno podría poner en duda eso: en la misma campaña su competidor radical, Eduardo Angeloz, no temía ser la cara de las privatizaciones al igual que el tercero en esa cuña electoral, Álvaro Alsogaray, que crecía de manera insólita en las preferencias de los más jóvenes, gracias a la renovación de ciertas caras de su partido, con Adelina Dalesio de Viola a la cabeza, inaugurando las primeras apariciones mediáticas con punch de liberales.
El tema sobrevolaba, mientras para representar al Estado se hablaba de un elefante y a diario se mostraban las pérdidas millonarias que generaban las empresas públicas.
Un terreno fértil, preparado para pedir un tiempo nuevo. Al igual que hoy, donde viejas consignas se han transformado en la remake de un drama que a esa altura es nuevamente tragedia.
Crónica cultural anunciada
Pero en términos de costumbres, la famosa batalla cultural, estos tiempos también tienen una raíz lejana.
El menemismo, con su teatral fastuosidad, moría por nacer durante el alfonsinismo.
Las modelos posando en arenas, las modas dictadas desde una revista de socialité como «Gente» o «Para tí» y los ojos puestos en balnearios top como Punta del Este comenzaron a ser moneda corriente aspiracional, luego del «deme dos» de los años de Martínez de Hoz. Así se construyó en los 90’, sin Muro y con una globalización en ciernes, el retrato perfecto del éxito.
Del chalet a la casa en el country como chapa de ascenso y del Renault 12 azul al Suzuki Swift blanco.
Salvo durante el estallido del 2001, donde se cantaba que «piquete y cacerola, la lucha es una sola» y parecía aunarse a distintos sectores de la sociedad, volvió la programación habitual cuando todo se estabilizó: a consumir que se acaba el mundo.
Si el menemismo inició la democratización del lujo para una porción mayor, accediendo a viajes, autos y perfumes importados, los años kirchneristas fueron el golpe final. Una economía estable, crecimiento y el deseo al alcance de muchos más argentinos. Los años politizados quizás fueron demasiado narrados, olvidándose de que muchos seguían su vida entre el shopping, los tratamientos de belleza, los electrodomésticos y las vacaciones. Y el resto, no alcanzaba a esto pero soñaba con ser parte de ese grupo. La patria era el otro. Pero el otro consumidor.
Hoy, cuando todo es inmediatez y cualquier red social con su bombardeo de vidas perfectas aumenta la ansiedad, la autoexplotación parece ser un ideal de libertad y crecimiento. Pensar cómo contener todos esos fragmentos va a ser una tarea más que difícil. Exceptuando algunos colectivos, las individualidades persiguiendo deseos materiales se adueñaron del paisaje: autónomos, emprendedores, trabajadores informales, caídos del sistema y trabajadores en blanco, reconociéndose como el último bastión del siglo XX, unidos por el consumo en un mundo alienado, donde hasta en Youtube te enseñan a ser abundante. La carencia está en tu mente.
Así que Sergio Massa, de ganar esta difícil elección, deberá enfrentarse a un mundo de reclamos variopintos mientras ordena todo aquello que -por no modificarse- terminó en un «si no van a hacer nada o van a cambiar poco, que se rompa todo».
Pero de perder el peronismo, como nunca, deberá encontrar un relato para una sociedad que no es la que se moldea a su deseo sino la que hace rato llegó como no la esperaban: quizás más afecta a la pizza con champagne que al chori en una unidad básica porteña.
Es que este 13 de agosto de 2023 se rompieron todas las certezas.
