Por María Pía López *
Una nueva canción. Componer una nueva. Así dijo el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, para nombrar, con la metáfora creativa, la necesidad social de parir un nuevo movimiento político y social. Su acción siempre estuvo en el corazón de la construcción del kirchnerismo y, sin embargo, ahora el gesto inaugural parece decir que la época signada por ese nombre y esa conducción está agotada o, al menos, que esa música no logra hacer bailar mayorías. Componer una nueva canción, no una que sepamos todos. Así dijo. El ademán venía a correr la unidad en el fogón, el acuerdo unísono en lo que ya sabemos, para poner a las militancias ante la difícil gesta de definir la canción que no conocemos. La nueva.
Y si las veces en que la vicepresidenta llamó al ejercicio del trasvasamiento, con las imágenes del bastón de mariscal que debía ser tomado por cada quién o con la alusión al tiempo que debían conducir lxs hijxs de la generación diezmada, esa enunciación era festejada y dio lugar a no pocas pruebas de traje para la ocasión pero, cuando ese cambio de tiempos o de ciclos es aludido por alguien de la generación a la que le cabría la herencia, su palabra es puesta en duda, juzgada como acto de intolerable narcisismo y casi al borde de la traición; si no lo enuncia ella, ¿todo es contra su conducción? ¿O por qué el entusiasmo que la frase de Axel despertó muestra un desvanecimiento de la estructura tradicional del kirchnerismo, que sólo se despereza un poco cuando es Cristina la que habla?
Cristina es perseguida judicialmente y por un milimétrico azar no fue asesinada. Ella es una sobreviviente –lo fue en los setenta– y ahora vuelve a serlo, en el dramático subrayado de una época en la que las políticas de reivindicación del terrorismo de Estado están construyendo sentido común. Ese ataque de algún modo condiciona todo lo posterior. Son trazos fundamentales de este escenario en el que las antiguas canciones no mueven el alma de las masas. Si la avanzada judicial fue respondida con movilizaciones, el intento de asesinato se fue diluyendo entre una investigación negligente y políticas de encubrimiento. Esa situación, junto con el diagnóstico de una elección dominada por el crecimiento de la ultraderecha, son claves en la elección de Massa como candidato presidencial.
Massa es resultado y síntoma de la crisis del kirchnerismo. Adversario tenaz durante años, pragmático líder de vínculos con Estados Unidos que se convierte en candidato de unidad. Pero no sólo ocurre eso, sino que su figura ocupa la escena entera, como si la campaña fuera posible sólo en términos unipersonales. El fracaso del esquema gubernamental de una fuerza de tres patas dio lugar al escenario electoral de los tres tercios, pero con dos tercios dominados por la derecha y con el tercio oficialista dando cuenta de un nuevo balance interno. Un peronismo en el que el kirchnerismo no es la fuerza dominante, en el que se configuran nuevas alianzas, se tantea la búsqueda de resguardos electorales entre sus zonas más conservadoras. Todo, en el muy amenazante escenario de la pérdida de capacidad de interpelación de los trabajadores más jóvenes.
¿Es posible revertir eso con peronismo? Esto es, con apelación a la lengua de los derechos, con políticas distributivas, con afirmación nacional. Tengo la intuición de que sí, de que las experiencias sociales reales y vividas generan una politicidad mayor que las fantasías de Tik-tok. La intuición de que sostener los espacios comunes ante el burbujeante aislamiento de las redes es un hecho político fundamental. Pero para eso, la experiencia social no puede ser la del malestar, el miedo ante los precios crecientes o la amenaza de la vida. Es esa experiencia –la del fracaso de las políticas, la de la vivencia de una lejanía intolerable entre los dilemas cotidianos y la agencia estatal– la que hace posible la expansión de una ideología de la destrucción que sólo se presenta como salvación en un punto mesiánico: nos salvaremos de todo lo existente porque podrá ser destruido. Si Massa tiene chances electorales, las tiene en el punto en que se presenta como garante de una vida con malestar, pero posible, realista. El punto, también, en el que se distancia de Cristina –el agonismo combativo de la politización es sustituido por la técnica de la gestión– y en el que se separa bruscamente de Alberto, la imagen del gobierno abandónico y moroso es reemplazada por la afirmación de un hacer preocupado y laborioso. Ahí, en esa doble distancia, intenta recuperar la tonalidad clásica del peronismo: mejor que prometer es realizar y la búsqueda de una tercera posición. Sólo que frente a una realidad donde cambiaron los modos de subjetivación política y las formas de trabajo, los afectos y la economía. Es decir, donde ese peronismo deberá pensarse de nuevo, capaz de una pragmática que antes de resolverse como tal debe entusiasmar para tener una nueva chance.
No hay nueva composición enteramente nueva, hay memorias que se traen y se combinan, historias que se activan y se enlazan. La larga historia del peronismo tuvo mejores momentos y, sin embargo, desde hace años se suceden las ansiosas afirmaciones sobre su “larga agonía”, su desarme y su presunto fin. Esto es, no seamos parte de los que corren presurosxs a sacarse de encima el peso de la tradición, porque esa tradición también es resguardo vivo, capacidad de resistencia, ensoñación posible. Una nueva canción se compone, también, de la capacidad de traer, una y otra vez, fragmentos de las que sabemos todxs. Y una canción política no se compone sólo con el oficio de sus profesionales sino con la movilización colectiva.
*Socióloga y escritora. Docente en UNGS y UBA. Su último libro es Travesía. Jugar con maldón.
