Por Julián Fava –
Si alguien afirmó que la religión es el opio de los pueblos; podríamos decir, siguiendo ese razonamiento, que, para algunos, el fútbol es el paco de nuestra sociedad contemporánea. O quizás, por el contrario, podríamos postular que nuestro deporte favorito, lejos de ser una forma de anestesia colectiva, es uno de los últimos refugios de la religiosidad o, para decirlo con precisión, de lo sagrado.
No hay concepción del mundo que no implique una distinción entre lo sagrado y lo profano; entre el mundo de las obligaciones, de la supuesta racionalidad instrumental y el mundo del gasto improductivo, el ámbito que roza la locura, ese punto de ebullición en el que todo parece a punto de desmoronarse y, sin embargo, sigue en pie.
En El hombre y lo sagrado, Roger Caillois afirma que lo sagrado es una “categoría de la sensibilidad”, un modo de acceso al mundo, más allá (y más acá) de la espiritualidad. Una forma de conocimiento y, al mismo tiempo, de autoconocimiento que revela al ser en su profundidad. Asimismo, lo sagrado fue concebido, durante siglos, como una manera de resolución de la vida en comunidad. La copa del mundo obtenida en Qatar por la Selección Argentina despertó ese carácter específico de lo sagrado. ¿Qué es lo sagrado sino un conjunto de ritos que ofician de estandarte para un relato, es decir, para un mito?
Y los mitos necesitan héroes, mártires, sacrificios. ¿Acaso D10S no se sacrificó por su pueblo para que su sucesor terrenal pudiera levantar la copa? ¿Hubo en la historia de los cánticos futboleros nacionales alguno que trazara con tanta nitidez la genealogía popular y profundamente nacional que une a nuestros héroes de Malvinas, D10S, la escuadra albiceleste y nuestra patria?
¿Qué otras características posee lo sagrado? La respuesta de Caillois es muy clara: “lo sagrado pertenece como una propiedad estable o efímera a ciertas cosas”. En este caso, se refiere a los instrumentos de culto; en nuestro caso, la pelota -que, como sabemos, por su carácter precisamente sagrado, no se mancha-. En segundo lugar, lo sagrado es atributo de ciertos seres: “el rey, el sacerdote”; en nuestro caso, Lionel Messi. En tercer lugar, desde el punto de vista temporal, lo sagrado se circunscribe “a determinados tiempos (el domingo, el día de Pascua, el de Navidad, etc.)”. Podríamos agregar: el mes, cada cuatro años, durante el que transcurre el Mundial de Fútbol. Y, finalmente, no hay nada que no pueda volverse sede de lo sagrado: un gesto, una práctica cotidiana, un gol.
Por eso mismo, lo sagrado implica el reconocimiento de una fuerza que creíamos desconocer, “terrible, impone la prudencia; deseable, invita al mismo tiempo a la audacia”. “Andá pa allá, bobo” podría pensarse como un cuantificador de la eficacia de una fuerza que recorre espacio y tiempo: urbi et orbi.
En este mundo, aun concebido bajo categorías binarias, de lo “sagrado y lo profano” pasamos a “lo puro y lo impuro”. Si lo sagrado es lo puro y se lo asocia con la pureza; lo profano se asocia, por el contrario, con la impureza, es decir con lo “maldito, execrable o abominable”. Como una suerte de Aleph que todo lo contiene, hay reciprocidad entre estos dos conceptos, allí donde existe lo puro hay espacio para lo impuro. En esta relación aparentemente contradictoria, no hay resolución ni sosiego. En Lo puro y lo impuro, el filósofo Vladimir Jankélévitch nos dice que toda práctica humana está marcada por una mancha. Esa mancha no se borra nunca más. Sin embargo, en los rituales de preparación para salir de la impureza, esa mancha se puede curar, purificar; al menos por un rato. La imagen del Tula recibiendo el premio The Best es la redención de los pecadores, de los negros, de aquellos que por procedencia social jamás podrían haber viajado al mundial más lujoso de la historia. El círculo también parece cerrar con un instrumento indispensable del culto profano, ahora y en virtud de los acontecimientos sagrados, el bombo.
Lo sagrado representa asimismo una energía peligrosa, incomprensible y difícil de dominar. “No se la domestica; no se diluye ni se fracciona. Es indivisible y está entera allí donde se halla; en cada parcela de la hostia consagrada se halla presente en toda su divinidad de Cristo, y el más pequeño fragmento de una reliquia no posee menos poder que la reliquia intacta”, advierte Caillois. ¿Cuánto daríamos por uno de los aguantes con los que El Dibu atajó un penal durante el mundial? ¿No están desde entonces consagrados por su eficacia?
Y finalmente llegamos a la fiesta, el elemento que expresa casi como ningún otro el carácter complejo que enlaza lo sagrado y lo profano. Según Jankélévitch, se trata de una suerte de paréntesis dentro del mundo organizado, de la sociedad de las convenciones y las prohibiciones. Pero aunque todo esté permitido, opera en la fiesta aquello que se denomina tabú, es decir, un conjunto de prohibiciones y de auto-regulaciones colectivas. En medio del exceso, el baile y el alcohol, opera el imperativo categórico negativo del tabú. Caillois nos recuerda que, en polinesio, “lo contrario de tabú es noa, libre”. Es decir, todo aquello que puede hacerse sin comprometer el orden del mundo, por injusto que este fuera. Ni siquiera los dioses pueden violar el orden cósmico. Si nos sorprende el hecho de que millones de argentinos y argentinas hayan festejado sin que esto haya implicado muertes (como sucedió en festejos de países supuestamente “más civilizados”), es porque en estas tierras, aunque le pese a Nietzsche, “dios no ha muerto”. D10S sigue más vivo que nunca y, desde el cielo de los campeones del mundo, nos bajó la tercera estrella.
