Por Leila Grayani –
“Muchas veces el fracaso es parte del camino y del aprendizaje y sin las decepciones es imposible que lleguen los éxitos”, escribió el capitán Lionel Messi luego de ganar su primera Copa del Mundo. Y agregó: “fueron cerca de tres décadas en las que la pelota me dio muchas alegrías y también algunas tristezas. Siempre tuve el sueño de ser Campeón del Mundo y no quería dejar de intentarlo, aún sabiendo que quizá nunca se daría”.
De la final tengo vagos recuerdos, quizá es una excusa de mi mente para poder verla una y otra vez y sentir la alegría de campeonar eternamente. En un momento donde la Argentina lucha día a día por salir adelante y donde las alegrías son contadas con los dedos de la mano, el Mundial de Qatar nos dio vida y esperanzas. Literalmente, fue el mes más feliz de nuestras vidas.
Lo que más me acuerdo son las emociones que me generó la final. Los pensamientos iban de la concentración al desorden absoluto. De la risa al llanto. Del fernet a la birra. Los saltos, las canciones y las puteadas al borde del desmayo. De todo eso me acuerdo como si hubiese pasado ayer.
Unos meses antes de que empiece Qatar, un sabio del fútbol me reveló que «la vida es eso que pasa entre Mundial y Mundial». Al principio no lo entendí, pensé que se trataba de un fanatismo extremo y, como no me gustan los extremos, no me sentí interpelada. Pero con el correr de los partidos la identificación con esa frase fue cada vez más grande.
Nunca antes había vivido nada igual. Y eso que con Vélez festejé varios campeonatos, pero esta vez fue diferente. La sensación de hermandad, con un país entero hinchando para el mismo equipo, marca claramente que el fútbol que tanto amamos no puede ser solo de unos pocos. Que realmente es posible lograr una cancha donde entren todos los cuerpos. Porque somos campeonxs del mundo y lo sabemos.
En ese sentido, sin dudas Qatar 2022 fue una experiencia histórica para las mujeres. Estuvimos en los relatos y en los comentarios, alentando desde las tribunas (en un país donde ser mujer es sinónimo de opresión), acompañando a los jugadores. También se nos vio sosteniendo las emociones entre amigos y familia, en las casas y hasta plantadas en el medio de la cancha cantando el himno nacional.
Con una mayor cobertura respecto a los mundiales anteriores, cerca de veinte periodistas de distintos medios de comunicación viajaron al país de Medio Oriente para cubrir el torneo mediante la televisión, la gráfica, la radio, las redes sociales y las plataformas digitales. Además, por primera vez en los medios públicos nacionales un mundial masculino fue relatado y comentado por una dupla íntegramente de mujeres.
Pero es probable que todavía no tomemos dimensión real de lo que La Scaloneta y el Mundial generaron en nuestras pibas. La obtención de la Copa del Mundo queda en segundo plano si la comparamos con el movimiento revolucionario que el fútbol provocó en las futuras generaciones, en las hijas del Mundial.
Parecía un sueño lejano pero ya es una realidad. Vas caminando por la calle y una nena tiene puesta la camiseta de Argentina, su mamá la lleva a una práctica de fútbol. Pasás por una plaza y otra juega a la pelota con su grupo de amigos. En los cumpleaños ya no se festeja ni con princesas ni superhéroes, se festeja levantando la Copa y entregando como souvenir las medallas de campeonxs.
“Este es el mejor día de mi vida, mami”, le dijo una niña a su mamá mientras se definía la final del Mundial entre Argentina y Francia. Ella miraba el partido junto a su hermano, casi de la misma edad, ambos compartiendo el mismo sueño. Ese festejo se hizo viral en redes sociales y recorrió el mundo entero generando lágrimas de emoción cada vez que lo ves. “Se está cumpliendo, mami”, decía.
Sin tomar dimensión del momento histórico, esa nena vivió algo sin precedentes y que la marcará por el resto de su vida. Por primera vez, millones de niñas vieron a la Selección Argentina de Fútbol campeona del mundo. Por primera vez, sentimos que el fútbol fue de todes.
Algo tan básico como prender la tele y mirar un partido no podíamos hacerlo las mujeres, hasta hace poco. Era mal visto. Nos mandaban a lavar los platos y nos silenciaban porque “de fútbol no saben”. Durante varios años, se nos prohibió la entrada a los clubes y solo nos dejaron jugar con las pelotas que sobraban, casi como una caridad.
Si sos varón, tenés más chances de hacer deportes, integrar un equipo, jugar y desarrollarte como un futbolista profesional. Eso a las niñas no les pasa. ¿Sabes cuántas futbolistas frustradas hay en el mundo? No te podés imaginar. Incluso si hiciéramos una encuesta, estoy segura de que muchas no confesarían su amor por el fútbol, porque todavía sienten que deben mantenerlo en secreto para que nadie las juzgue.
Pensar que una pelota puede darnos tanto creo que solo se explica en nuestro país. Y no hablo solo de los resultados, hablo de identidad y derechos. El deporte es fundamental para el desarrollo humano y para el crecimiento de una sociedad. Sostener que el fútbol es algo propio de los hombres es querer vivir en un mundo que ya no va más.
Lo más maravilloso que nos dejó el Mundial de Qatar es el sentimiento de esperanza. Saber que podés ilusionarte con ser futbolista profesional, con jugar en estadios llenos de gente y que además podés ser campeona del mundo, porque una vez ya lo fuiste. Entonces, el mayor logro de la Selección no es la Copa, el mayor logro es la herencia.
Es verdad que las brechas de género en la industria futbolera son muy grandes, debido a las grandes cifras de dinero y los manejos políticos que existen. La realidad indica que la diferencia salarial entre los hombres y las mujeres futbolistas es millonaria. Ni hablar de las condiciones de contratación.
De hecho, parece un chiste de mal gusto pero no. Hace poco, un partido de fútbol femenino de la Primera División fue suspendido porque los bomberos no se hallaban en el lugar, algo reglamentado para que se pueda jugar. En Argentina, país campeón del mundo. Esto permite analizar que claramente no es sólo inversión económica la que se necesita para nivelar la cancha, es necesario que haya cohesión política y que las decisiones sean verdaderas.
Mientras que el sueldo anual de Lionel Messi ronda los 41 millones de euros, su colega Alexia Putellas -elegida como la mejor jugadora del mundo dos veces consecutivas por la FIFA- recibe 650.000 euros, un salario considerablemente menor al del argentino.
Cabe destacar que los países que tuvieron mejor presencia en la Copa Mundial de Fútbol Femenino de Francia 2019 fueron los que aumentaron sus niveles de equidad de género. Es decir, países donde mujeres, hombres y otras identidades cuentan con mayor acceso e igualdad en oportunidades laborales, políticas, de formación y de salud. Son datos, no es una cuestión de opinión.
¿Y qué tiene que ver esto con la Scaloneta? Todo. Porque en el 2023 también hay Mundial. Quizá no te enteraste porque los grandes medios no lo cuentan, pero todavía estamos a tiempo de subirnos a la Portanoveta. Sí, de Scaloni a Portanova, de Mundial en Mundial. Alentando a Argentina. ¿O no se trata de eso?
Las hijas del Mundial son también las futbolistas que ahora nos vuelven a ilusionar. De julio a agosto, en Australia y Nueva Zelanda, las argentinas prometen hacer historia. Podrían meter su primer gol, ganar un partido y, así, conseguir su primer punto. Incluso, la Selección podría clasificar a octavos de final por primera vez. Y ahí, agarrate porque… ¿quién nos para?
Imaginate por un segundo que Nicolás Tagliafico, Rodrigo de Paul o el Huevo Acuña visibilicen a las jugadoras de la Selección argentina. Que se muestren alentándolas, mirando sus partidos. El interés por la Copa del Mundo femenina aumentaría. Seguramente habría más televidentes, más camisetas en las calles, más charlas en los locales y volvería ese clima mundialista. Ese clima que nos hizo feliz.
Entonces, ¿quién se anima a parar a las más pibas? Las que van a tener puesta la camiseta de Messi y de Banini. Las que van a colgar el póster de Di María y de Lorena Benítez. Las millones que van a querer atajar como el Dibu o Laurina Oliveros. Quién se anima a parar a las pibitas que marquen en la cancha como lo hace Aldi Cometti o a las que quieran dirigir como Scaloni. Nadie las puede parar, como no pudieron parar a la Argentina. Ese es el punto.
Las hijas del Mundial son las verdaderas campeonas. Nacieron post pandemia con un mundo en constante movimiento. Habitan espacios de reflexión y se paran en la vida como lo hacen en la cancha. Las hijas del Mundial luchan por cumplir sus sueños, esos que se despertaron en diciembre de 2022 cuando después de desearlo tanto por fin levantamos la Copa del Mundo.
“Muchas veces el fracaso es parte del camino y del aprendizaje y sin las decepciones es imposible que lleguen los éxitos”, vuelvo a leer de Leo y coincido. Las mujeres sabemos muy bien lo que es fracasar y perderte en el camino. Nos hicieron dudar de quiénes somos y de qué hacemos. Nos hicieron creer que el fútbol no era para nosotras, pero acá estamos, jugando por nuestros derechos.
