Una conquista inscripta en el inventario del orgullo argentino

Por Ezequiel Fernández Moores –

Lo sabemos. Ganar un Mundial de fútbol no elimina la inflación ni la pobreza. Y tampoco “nos une” para ser un país nuevo y mejor. Hay decenas de ejemplos en la historia del fútbol que destrozan la metáfora siempre fácil de la pelota como ejemplo de modelo social. El objetivo del deporte suele ser siempre más “sencillo” (las comillas son deliberadas, no tiene nada de sencillo ganar un Mundial, pero sí es un objetivo claramente más accesible si lo trasladamos a otros escenarios. El proceso comienza antes, es cierto, pero un Mundial es un mes, siete partidos). Para que quede claro: ganar un trofeo deportivo requiere de un compromiso colectivo que puede inspirar a millones, pero que no es aplicable a la construcción de un país mejor, un escenario de puja lógica, porque juegan intereses y presiones mucho mayores e inevitablemente diferentes. Y porque eso es casi lo mínimo que debería garantizar una democracia: el derecho al disenso.

Dicho esto, el Mundial de Qatar significó, primero, nuestra mayor alegría deportiva. Porque el fútbol, más en Argentina, tiene una fuerza que tampoco se puede comparar con otros deportes ni con alguna medalla olímpica, por muy ejemplar que esta haya sido. Y porque ninguno de los otros dos Mundiales exitosos anteriores (Argentina 78 y México 86) implicó una identificación tan poderosa entre equipo y afición. El primero sufrió porque se ganó en medio del horror. Y el segundo porque el proceso previo fue mucho más complejo. La selección no jugaba bien y Carlos Bilardo generaba un fuerte disenso (el Diego, Inglaterra, La Mano de Dios, el Gol del Siglo cobraron luego, eso sí, un vuelo eterno y propio).

En Qatar, en cambio, no solo estaba la selección que crecía tras ganar la Copa América en el Maracaná, sino que también estaba él. Sí. Leo Messi. Pocas veces vi un deseo tan global para que un jugador encontrara premio a su carrera y a su insistencia. Lo de Messi (y Angel Di María a su modo) no fue una “revancha”, como leyeron muchos, por sus duras derrotas en finales previas con la selección. Fue un acto de justicia. De premio a la insistencia. Y a una insistencia que no tenía nada que ver con “callarle la boca” a una minoría que los había cuestionado. Animal competitivo (no hay otro modo de explicar quince años en el trono), Messi, claro fruto de que los procesos de maduración tienen tiempos absolutamente personales, se honró primero a sí mismo, cumplió una deuda personal. Y luego honró a un pueblo futbolero, que agradecerá de por vida su ejemplo de persistencia.

Además de futbolero, Argentina, con esos cinco millones en las calles, demostró que, más allá de crisis e inflaciones, es un pueblo que, como solemos ver en recitales, ama la fiesta popular. Analistas internacionales repitieron aquello de catarsis. La idea del pueblo castigado por sus políticos, y que acepta todo tipo de maltrato, y que solo sale a las calles para celebrar su único triunfo posible: el fútbol. ¿En serio creen que es así? Hay algo más profundo, difícil de entender tal vez para quienes siempre se distanciaron de las fiestas populares. Creo no recordar semejante pueblo que se haya adueñado de las calles y sin que se hubiese registrado un solo muerto, un solo destrozo. Es cierto, hubo voces, las de siempre, que expresaron descontento al día siguiente por daños menores, por la basura dejada. “Son los que, en medio de la floresta, siempre estarán protestando por la caca del pajarito”, graficó una vez Nelson Rodrigues. El gran dramaturgo brasileño decía que, tras la conquista del “Tri” en el Mundial de México 70, Brasil se había convertido en un país de 150 millones de reyes. Aquí nos sucedió algo parecido. Fue tan intensa la cercanía popular con el compromiso colectivo del equipo de Lionel Scaloni que, de alguna manera, “todos fuimos campeones mundiales en Qatar”. Todos nos pusimos la túnica árabe. Y la levantamos a paso lento. “Todos fuimos Messi”.

El otro gran “mimo” por la consagración de Qatar es para nuestro fútbol tan castigado. Porque sufre desorganización interna (la calidad baja cuando hay 28 equipos en Primera). Y sufre también la crisis económica. El fútbol se juega no solo de modo local, sino también internacionalmente. Ya no solo se hace imposible que nuestros clubes puedan competir de igual a igual contra Europa. La diferencia económica se ha hecho grande ahora también con Brasil, como lo refleja el dominio de sus equipos en las Copas Libertadores y Sudamericana. El Mundial, de alguna manera, es una isla. El momento dorado en el que Messi y los suyos dejan de competir para sus patrones europeos. Nos recuerdan que nacieron aquí. Y que, contra viento y marea, nuestro país sigue siendo una fábrica permanente de buenos jugadores.

Pero, es inevitable, sabemos que así como se fueron rápido, ahora los perdemos otra vez rápido. La trituradora del fútbol moderno (hay partidos a toda hora, todos los días) exigió retorno inmediato a sus clubes europeos. Ya los volveremos a disfrutar, aunque un Mundial sucede cada cuatro años. Y se pueden ganar, claro, pero solo muy de tanto en tanto. ¿En qué otro escenario globalizado puede Argentina jactarse de competir así? ¿A qué otro escenario arribamos con la ilusión de terminar primeros? ¿En qué otra estadística? Personalmente, el otro único escenario en el que siento semejante orgullo es el que dice, y concreta, el enunciado de “Memoria, Verdad y Justicia”. Nuestro compromiso con los Derechos Humanos. A su modo, la selección de Scaloni también hizo memoria en Qatar (honró la tradición de un fútbol rico en títulos, pero también en emociones populares). Messi y los suyos jugaron de verdad. Y la Copa fue estricta justicia.