NO TE VAYAS CAMPEÓN, QUIERO VERTE OTRA VEZ

Por Mónica Santino – 

Recuerdo especialmente la canción de cancha que este artículo lleva por título, entre muchas otras. Se entonaba cuando tu equipo había ganado, gustado y, quizás, goleado. Abrazados y abrazadas, saltando, con ojos lagrimosos y una forma de alegría que no se explicaba, deseábamos retener ese instante, bajo la apelación del “no te vayas” y “que esto dure para siempre”.

Traer de la memoria al diciembre de 2022 no cuesta mucho o, podemos decir, nada. No sólo porque ocurrió hace poco más de sesenta días, sino porque esta época en las que nos toca habitar el planeta se encarga, una y otra vez con cientos de videos y testimonios, de hacernos parte de nuevo, para sentir una cercanía casi de parientes con cuerpo técnico y jugadores, jamás percibida así en otros tiempos.

Esa alegría inmensa, que nos entraba en el cuerpo, que no queríamos soltar por nada en el mundo, fue la cotidianeidad del mejor mes de nuestras vidas futboleras. ¿Qué es lo que tiene este juego que nos hace poderosos, poderosas y con una sensación de eternidad?

Hay una representación de jugadas, de estilos y de formas de ser en la cancha que nos da muchas veces la sensación o las hacemos parecer o creemos que parecen a lo que ocurre en la vida. Fuera de las canchas, claro está, nada es sencillo. Pero la invitación a las analogías y metáforas están ahí nomás, al alcance de la mano. Quizás para que la realidad sea menos dura encontramos en esa épica construida a pases precisos,  gambetas y goles una trascendencia que nos transporta a la eternidad.

Exageración o adecuación a ideas que son convenientes, el fútbol sigue siendo fútbol, proclaman desde púlpitos académicos, manifestando hartazgo por las miles de voces que se multiplican, emocionadas, y sucumben ante el juego más maravilloso del planeta, el que también le sirve al capitalismo para tender sus redes de entretenimiento y hacernos olvidar por un rato de lo dolorosa e injusta que suele ser la vida para gran parte de la humanidad.

Para volver a encontrar la pelota, emerge la voz inconfundible de Alejandro Dolina, que invita a pensar y preguntarnos: “Vivimos en un país, en un mundo donde las alegrías no son muy frecuentes. De manera que ilusionarse con los partidos no está tan mal. Pero si uno tiene un ataque de realismo y se da cuenta que la vida va a seguir más o menos igual, gane o pierda Argentina, entonces el fútbol no sirve más. Porque si uno no tiene esa ilusión, aunque sea por un rato, si vos te sentás en la tribuna y decís ‘bueno, si Argentina pierde, no voy a estar peor que ahora y, si gana, no voy a estar mejor, estaré más o menos sujeto a que me pasen cosas desagradables, etcétera. Eso es igual a lo que decía el amigo Coleridge. Coleridge decía que para disfrutar el fenómeno artístico, había que tener fe poética y suspender la incredulidad. Entones, cuando vos ibas al teatro no decías ‘no, no, en realidad este señor no se ha muerto, porque en realidad es un actor; no, el Rey de Dinamarca, en realidad, es un actor, está vivo y, cuando termine la obra, van a ir todos a la esquina a comer pizza’. Entonces tenés que suspender la incredulidad, tenés que creértelo, aunque sea por un rato. Cuando vas al cine, ya sabés que son fotografías que en realidad ni siquiera se mueven, que la retina, etcétera, etcétera. Coleridge decía ‘hay que suspender la incredulidad’, cuando uno va al teatro, cuando uno lee poesía”. En la misma intervención, en los estudios de América TV durante una entrevista concedida a Alejandro Fantino, Dolina continuó: “Y yo agrego: cuando uno va a ver un partido de fútbol. Hay que suspender la incredulidad y entonces entregarse a la fe poética, que consiste en creer que un gol de Messi nos va a mejorar la vida. En la medida que lo creamos, un poco la va a mejorar. ¿Qué quiere decir esto? La vida está compuesta también de muchas ilusiones. Podríamos pensar en qué medida las corporaciones fomentan esta clase de embelesos para cumplir sus fines. Pero yo no quiero hacer una polémica en contra del capitalismo, ni nada por el estilo, simplemente establecer el paralelismo que existe entre el arte y el fútbol. De qué manera, para disfrutarlo, hay que ser creyente y no dudar”.

El compañero Dolina nos da siempre la hermosa posibilidad de pensar. Un maestro del pase al pie, control orientado, como se dice ahora -antes decíamos ‘me la dejó redonda’-. Rasgos técnicos de los que nuestra Selección hizo gala y nos hizo hinchar el pecho de orgullo, así como lo inflaba Diego cada vez que salía a la cancha con la camiseta argentina que llevaba pintada en la piel.

A lo que Dolina menciona como fe poética le podemos agregar la palabra justicia. Todas, todos y todes les observábamos la final contra Francia en ese cercano y lejano 18 de diciembre sentíamos y nos convencíamos que perder era injusto después de todo lo hecho. Como si el fútbol, por algún designio misterioso, se ocupara de acomodar los tantos. Esa final tuvo todo los matices posibles. Todos esos que aún seguimos comentando y no nos cansamos de repasar. Porque mirar Argentina-Francia de nuevo nos cobra los mismos nervios de esa calurosa tarde de diciembre otra vez. Como si el tiempo se hubiera quedado envasado en el estadio Lusail para siempre.

Lo que no tuvo precedentes fue la salida histórica del pueblo a las calles. Autopistas, puentes, avenidas, techos de metrobus, semáforos. Cualquier sitio era bueno, aun al rayo de sol que calcina y no perdona, para encontrarse, abrazarse y sacarse de encima los sinsabores de 36 años en Copas del Mundo pero también para sacudirse la frustración, la tristeza, el aislamiento pandémico.  Cinco millones de personas que esperaban ver a la Selección y agradecerle que hubiera confiado en sí misma, que haya entregado hasta el último esfuerzo posible, que jugara para el pueblo, que construyera y defendiera una identidad, cerrara filas ante los que viven de los rumores creados en los medios de comunicación para alimentar negocios personales, en que no haya nada más importante que el compañero que tenés al lado, que haya volado por el aire el concepto de titular y suplente (si, total, estamos todos para lo mismo). Vale cambiar de táctica en un partido, no es un valor en sí mismo recitar un equipo de memoria o aquello de que “equipo que gana no se toca”. Vale un liderazgo fuera de la cancha, sentado en el banco con más compañeros, teniendo en claro que no puede solo y que eso de los DT motivadores, baja-línea, ya no alcanza, que mejor apoyarse en distintos saberes, ponerlos sobre la mesa y reforzar conceptos a través del intercambio de ideas. Que vale un liderazgo adentro de la cancha ejercido por un jugador que pasó todas, que fue y volvió, casi como su juego, que no levanta la voz pero se peleó con todos, como en el barrio, cuando hizo falta y mando pa allá a los que se burlaban haciendo de cuenta que no… porque, claro, son europeos.

Se celebró hasta quedar sin voz, hasta quedar sin lágrimas, con cachos de piel al sol, con Diego sonriendo en mil paredes y mil almas.

Pararnos en la cancha como en la vida. Eso aprendimos con compañeras de La Nuestra Fútbol Feminista en la cancha de Güemes, en la Villa 31 de Retiro. Ocupar la cancha, no dar ninguna pelota por perdida, ponerla bajo la suela, levantar la cabeza y mirar alrededor porque sabés que siempre alguna va a aparecer para sostenerte.

Lo creemos revolucionario y político. Nos empoderamos desde ese derecho a jugar. Y así construimos nuestro feminismo villero y popular.

No es forzado ni antojadizo ver rasgos feministas en este grupo campeón del mundo cuando observamos varones que manifiestan sentimientos, que lloran, que reconocen errores, que antes que saber pasarse la pelota arman una grupalidad zarpada.

No te vayas campeón. Quiero verte mil veces y no me canso. Desde los pasos de Montiel para llegar al punto del penal de su vida, hasta los pases mágicos y goles de Messi, la fuerza y convicción de Julián, los quites bellos de Cuti y Otamendi, quién dijo que defender acaso no tiene belleza.

Ellos no serían nada sin la pelota. Lo mismo como pueblo nos cabe. No somos nada sin la política, sin la única herramienta que debe orientarnos para encontrarnos, para pelear desde lo que somos por todo lo que nos merecemos. Identidad, soberanía, escucha, encuentro. El bastón de mariscal en la mochila para organizar, para poner palabra donde falta. Desánimo y tristeza jamás serán buenos consejeros. Tenemos una historia inmensa. De fútbol y de pueblo. Apaguemos la tele, dejemos las redes sociales por un rato, salgamos a encontrarnos porque el partido es bravo y recién empieza. Y en esta parte del mundo, la justicia y la fe poéticas las representa el peronismo. Que la cuenten como quieran.