El orden nacional que nos sacó de las casillas

Twitter es el reinado de la exageración en el universo digital. Puede que sea por las propias características de la red: decir todo en poco espacio. Se cumple ahí la regla de oro que Pedro Aznar sostuvo en una nota en los años 90. “Exagero para fijar ideas”, había dicho el músico en tiempos en que nadie siquiera soñaba ni con la existencia ni con la relevancia que iba a tener esa aplicación. Pues bien, en Twitter, entonces, exageramos para afianzar el concepto. En ese océano de exageraciones, uno de los chistes es inventar escenas a través de diálogos. Decenas, cientos, miles tuvieron en estos meses de protagonista a La Scaloneta, esa fuente inagotable de alegría y hoy también al igual que la escuela, ordenador social y de la psiquis de la Patria. Sí, exagero, como en twitter.

Uno de estos diálogos/escenas inventadas era una cita al anuncio de Claudio “Chiqui” Tapia de la continuidad de Lionel Scaloni como DT de la Selección, el mismo lunes en que empezaba la escuela en 17 de los 24 distritos de Argentina.

-Chiqui Tapia Presidente 2023.

-Pero no hay elecciones en AFA este año.

-¿Qué AFA?

Así decía la charla ficcionada de @RashidAliGarcia

Exageraba. Sí, exageraba en lo literal. Pero ¿exageraba en la sensación de orden (y progreso) que le brinda esta selección de fútbol a la Argentina? No, porque se ha convertido en algo similar a la escuela: nos acomoda. Exagero. ¿Exagero?

El lunes de comienzo de clases, de la firma de contrato de continuidad de Scaloni, también fue el día de entrega de los premios The Best que, además del hombre de Pujato, ganaron Emiliano “el Dibu” Martínez y el otro santafesino, Lionel Messi, el rosarino que viaja por el mundo liviano de letras S de modo que su argentinidad siempre vaya con él.

Además, Argentina ganó su premio como mejor hinchada y lo recibió, en representación, Carlos “el Tula” Pascual, el hombre del bombo. En una entrevista posterior, dijo: “Scaloni hizo una familia. Y la base de todo es la familia”. ¿Exageraba?

Quizás, así como cuando optó por cantar “vamos, vamos Argentina” en el escenario en lugar de “Muchaaaachos”, en este comentario este otro rosarino estaba dándole la razón a los milenials que iniciaron un debate y plantearon que él no era representativo de este premio y este Mundial. Tal vez no lo era, pero el Tula tenía un punto. La Scaloneta ha organizado algo del cuerpo social argentino, así como lo ordenó al propio Messi. “Mi técnico”, dijo al referirse a Scaloni en la noche de premios de la FIFA en París.

Esta selección de fútbol nos ordenó. No, no voy a hacer analogías caprichosas, forzadas y directas del mediocre estilo de buscar correlaciones o equivalencias. Primero porque a menos que se tenga un manejo borgiano de las metáforas, del que claramente carezco, en general este tipo de fórmulas parten de la base de que la relevancia del fútbol pasa a ser algo que merece analizarse si se lo pone en relación con algo que se presupone por encima. Y yo me encuentro en las antípodas de este pensamiento. El fútbol es importante en sí mismo, sin necesidad de nada más.

Que nos disculpen todo el resto de las artes, pero el fútbol contiene todas las emociones y sensaciones. El fútbol no es un objeto de estudio para un marco teórico; el fútbol es el marco teórico que permite que nuestro universo mental se sacuda. Es el fútbol el que pone todos nuestros conocimientos a moverse. Y el Mundial es el único hecho artístico de la historia que contiene todas juntas a esas emociones, ni Shakespeare. El fútbol en sí mismo es lo importante. No hay que ver si tira los córner como milita en la vida o sobre-ideologizar el lugar de la pelota. El fútbol como representación de otra cosa.

Por el fútbol las culturas se encuentran y voltean fronteras de idioma, creencias, religiones, costumbres y fe. El fútbol no es un intermedio para llegar a algo superior. Es en sí y es para sí. El fútbol no necesita una capa más para ser. Alcanza y sobra con lo que es.

Por eso da rabia la injusticia que cometen quienes pretenden leer ¨más allá”. Porque alcanza (y sobra) con lo que es.

Cuando Diego Maradona murió, una persona joven me dijo “nosotros, el Diego que tenemos es el no futbolista. Tal vez la operación que debamos hacer ahora es ir hacia el Diego futbolista. Que el homenaje sea volver a poner a Diego con la pelota”. Me gustó porque me pareció justo. Diego mismo dijo “quiero que me recuerden como un jugador de fútbol”.

Hay quienes encuentran revolución en Maradona porque se tatuó al Che o fue amigo de Fidel y de Chávez. Lo que irrespetuosamente obvian esos es que antes del tatuaje o de ir a Cuba, Maradona ya había hecho la revolución. Con los pies. En el fondo, esta operación semántico-ideológica de separar el Maradona politizado del Maradona jugador es tanto o más elitista y antipopular que la que hace la derecha con su “hay que separar al Maradona persona del Maradona jugador”.

Son los mismos que necesitan fotos o espejos o representaciones. Pero que éstas sean literales y que no se salgan en nada de las rígidas líneas del encapsulado Excel ideológico en que viven y con el que nos agobian.

Un primer cimbronazo de la Scaloneta para los más ruidosos de las minorías intensas que se autoperciben voceros de las mayorías es la formulación familiar de todos los miembros del equipo: Casados con hijos. Y con Cristo tatuado en la piel. Dignos de Tradición, Familia y Propiedad, si no fuera porque provienen de barrios bajos, cantan como barras, iconizan gestos fálicos y son los campeones del mundo de lo más popular que existe en el planeta. Rompen con toda posible representación. Por suerte (y vamos con un neologismo), inencasillables.

Hay un enorme problema general con la noción de representación. “No me representa”, se escucha y lee ante variados fenómenos y personas. En esa queja o necesidad de marcar la diferencia con el referente en cuestión, se esconde una carencia, la que proviene de la idea de representatividad como foto o espejo de lo que de modo consciente le demando a esa persona. Y la contracara de esto no es su opuesto sino lo que siempre va pegado a lo anterior: el fanatismo ciego. El que acepta todo de la referencia. Encaje o no con los preceptos enunciados. El club de fans suele ser incluso más necio y cerrado que los fanáticos de fútbol. La termedad futbolera aúlla ante los goles y se enceguece de ira ante el rival pero se permite criticar a los propios y reconocer cuándo el equipo jugó mal. El club de fans, no. El club de fans presenta como perfecta cada acción de su admirado, incluso cuando su referencia haya dicho o hecho ayer lo contrario a lo de hoy. El club de fans finge demencia y sigue.

En el fútbol, los amantes del deporte pueden pasar literalmente horas comentando una jugada. Es decir, la deconstruyen. La desarman, la dan vuelta, le encuentran nuevos sentidos, ven situaciones que no habían visto cuando sucedió, intercambian, repiensan y la vuelven a mirar. El fútbol se revisa y autoanaliza de una manera tan obsesiva y autocrítica que a veces deseamos que disciplinas como la política aprendieran un poco.

Por eso se agranda el problema cuando se buscan referencias no futbolísticas en el fútbol.

Nadie recuerda una vivencia de la exacta misma manera que otra persona. Cada uno adapta lo que sintió a su contexto emocional o social. Cuando esto no se tiene completamente presente, la noción de representación termina proponiendo un algo objetual. Se busca ir a la cosa misma, sin mediaciones, sin bordes difusos, sin atenuantes, sin sutilezas. Solo se acepta lo directo, por lo general empalagosa y expresamente declamado y, por supuesto, binario. Se busca lo fácil, la foto. Da fiaca la película. Como en Twitter: corto, rápido, inmediato, explícito, literal e indignante.

John Berger es uno de mis escritores favoritos. Este dato no le importa a nadie si no fuese porque además de un exquisito de la ficción es un teórico único sobre el análisis de nuestros modos de mirar. En su libro La apariencia de las cosas, el autor de la introducción, Nikos Stangos, explica cómo para Berger “desde la aparición de la fotografía, es el ojo de la cámara el que modifica el sentido de lo que vemos. Lo importante para él son los modos de mirar. Es consciente de que (…) la descontextualización, la fragmentación de las imágenes, su encadenación con otras provoca una transformación de las mismas, alterando sus significados originales. Antes el espectador iba a las imágenes, ahora las imágenes viajan hacia el espectador.

Las reproducciones mecánicas transforman el significado de lo que vemos, porque descontextualizan la función, el lugar para el que fueron pensadas (…) al presentar las imágenes con un ritmo, acompañadas de una banda sonora, asociadas a otras imágenes, modifica la percepción que tenemos de las mismas, condicionando su lectura, modificando sus silencios. Lo que (Berger) trata de mostrar es que mirar es un acto consciente, un acto político, que exige un tempo lento, y que la mirada se altera por la experiencia directa de quien observa, y por el contexto social en el que se inscribe la imagen”.

Estos riesgos sobre los que Berger advierte sucedieron en dos fotos de la actual Selección Argentina. Dos fotos que fueron convertidos en acontecimientos (una por omisión y otra por exceso), por parte de quienes miran el fútbol para encontrar otra cosa. Quienes necesitan que hasta el fenómeno popular más enorme de la Argentina de las últimas décadas (por no decir de su historia contemporánea) se achique y pase por el tamiz que quieren de modo que les permita a ellos engrandecerse.

El primer quejido fue por la foto que no fue. Parecía haber sido ya tramitado pero se vio el lunes post entrega de los premios The Best que no. En aquella oportunidad, en lugar se celebrar la comunión de pueblo y Scaloneta se sintieron compelidos a subrayar lo que para ellos era una carencia.

Ese martes 20 de diciembre de 2022 resignificado hubo un movimiento bastante ideologizado que comenzó a preguntar por la foto en el balcón de la Casa de Gobierno, una imagen parecida a la que teníamos quienes vivimos los Mundiales de México 86 y de Italia 90. Hubo quienes dijeron que, en realidad, el pedido, la demanda, el deseo de inmortalizarlos en EL balcón era para exorcizar 1978; o para que otro Presidente de la democracia hiciera lo suyo en imágenes para hacerle fuerza a las fotos del Mundial en dictadura.

No discuto con esos argumentos porque pueden tener aristas atendibles. Pero sí me detengo en la testarudez de quienes sostenían o siguen aun sosteniendo que la foto era esa. Que sin esa, faltaba una imagen.

Marcar lo que le falta al presente siempre me deja un sabor a gesto conservador. No es ni bueno ni malo en sí y también soy víctima de eso. Claro que no soy inmune. Pero cada vez que me invade ese comportamiento se me enciende una alarma y se me planta la pregunta: ¿falta y yo pude notar la ausencia o me falta a mí porque estoy deseando desde mi individualidad pasada que quiere que las cosas sean más parecidas a mí que a lo que son en este tiempo y espacio? ¿Es el deseo de una foto que ya ocurrió y queremos que se repita? Muy bien. Si es eso, ¿por qué es?

Tal vez la foto de ahora no sea aquella sino esta, la de esta época. La de una era que imprime otra forma de mirar porque nuestras realidades visuales hoy se constituyen de nuevos dispositivos.

A la foto del balcón del 86 o la del 90 le falta la multitud en extenso; le falta el dron, podríamos decir. Y rápidamente nos daríamos cuenta, ante este planteo, que hay un error de época, que la pregunta está mal porque no advierte el contexto. Que no le falta nada. Sencillamente era otra realidad visual. Pues bien, volvamos a hoy: ¿entonces por qué hoy faltaría algo que no va de acuerdo a la lógica visual de hoy?

¿No estaremos pidiendo una foto vieja reimpresa en 2022 porque somos vulnerables y nos sentimos inseguros frente a los nuevos modos de ver y de construir imágenes hoy? ¿No deberíamos soltar un poquito nuestras propias imágenes pasadas, esas a las que queremos volver porque fuimos felices y preguntarnos cuál es la foto de hoy?

En el micro se pudo ver a los jugadores con sus teléfonos en la mano. Quería ver lo que ellos habían fotografiado y grabado. Quería ver a través de sus ojos. Quería vernos. Quería la foto de ese día, la foto de los observados tomando fotos desde su perspectiva para construir la foto definitiva. Una especia de símbolo del infinito en los modos de mirar. El símbolo de Qatar hecho formula de la retina

La foto de la época no era la de los jugadores en la solemnidad sino en la cercanía del relato que ellos construyen en sus historias. La foto era Messi tomando Fernet, en una botella de plástico cortada, cantando arriba de un bondi. La imagen era ellos viéndonos a nosotros. Desde el avión que los traía de Qatar cuando nos vieron desde arriba; cuando le pidieron al piloto esa madrugada pasar por encima de la 9 de julio para vernos. Desde el micro, debajo de un sol abrasador de diciembre, con la poesía de ver el cuerpo transpirar.

Lo que ellos quisieran mirar iba a ser nuestro contenido. La que necesitábamos era la foto mala. Mal sacada, la sin edición. La foto de Messi selfiándose con nosotros; la foto del día que el capitán no quiso tanto ser visto sino vernos y quedar instagrameados todos junto con él.

La siguiente queja fue por la foto que sí fue. Terminado el evento de la FIFA comenzó a circular una imagen de Mauricio Macri con Messi y Martínez y sus respectivas esposas. Se hizo viral de inmediato, obviamente, y empezó Twitter a hacer su gracia: indignados que viven de la indignación, porque o hacen de eso su negocio o están tan tomados que es el aire que respiran. Y comenzaron a darle rienda suelta a su deporte favorito: enojarse y hacer enojar.

Le -como se diceempezaron a contar las costillas. O si gusta más la otra variante, les midieron el aceite a los jugadores por sacarse una foto con Macri. Hay que tener nula idea del funcionamiento de las instituciones y del fútbol para no ver que esa foto es obvia. Macri es el titular de la Fundación FIFA y no va a perderse ninguna oportunidad en su camino para ser el Presidente de la institución, su objetivo más preciado.

No hubo ni el más mínimo esfuerzo en detenerse a pensar el efecto de lo que iban a decir. Comunicadores, referentes, voceros y personas sueltas del montón pasaron más de 24 horas dedicándoles insultos, adjudicándoles intenciones ocultas y hasta viendo conspiraciones en dos de las personas que más felices habían hecho al pueblo argentino.

“Desclasados”. Les volvieron a decir “desclasados”. Más allá de lo sorprendente de la reacción, lo que no queda claro es qué encuentran de positivo en ponerse en frente de lo único que hoy nos construye una casa común y feliz y si no pueden darse cuenta en la ineficacia de darle cariz político local a esa foto en lugar de enmarcarla en lo que fue: una (seguro) especulación de Macri en el marco de un acto de una institución a la que él pertenece. La propia queja es la que le sube el precio. Porque, además, en lugar de señalar la búsqueda de ventaja del ex presidente, se enojan con dos de las personas más amadas por el pueblo al que dicen querer conquistar y (otra vez) representar. ,

Se ha dicho, y coincido, que Macri nos desprecia. A veces parece que ciertos espacios que dicen ser la antítesis del ex presidente no nos conocen. Solo alguien que no conoce a la Argentina puede ver algo positivo en salir a atacar a los jugadores en este momento y contexto.

Pero, además, pareciera que tampoco conocen al político que dicen querer enfrentar. Y desde Carl von Clausewitz hasta Pablo Aimar y Scaloni sabemos el inmenso problema que significa no conocer al dedillo al adversario.

No le prestaron atención a Jorge Asís cuando dio una de sus más precisas definiciones: “Cuesta admitir que Mauricio Macri, El Ángel Exterminador, sea una Celebridad. Que construya política como una celebridad que está en los lugares selectivamente indicados. En la Rivera francesa durante el verano de la epidemia. En la estación de esquí de Davos, o en una partida de Bridge en Cardiff. Consta que a la Celebridad nunca le entra una bala. Si a cualquier político del montón se le escribe un libro como el del hermano Marianito, no puede salir ni fotografiado en el diario. A la Celebridad, en cambio, ni lo raspa”.

“Es de amianto”, se suele -solemos- decir de los personajes así. Claro. Porque son eso, “celebridades”. Y guste o no, simbólica, personal y representativamente se le dispensa otro trato. ¿Que es injusto? Vaya novedad pero la realidad es como es, no como nosotros queremos y la peor táctica para cambiar la realidad es no conocerla.

“Estos jugadores no son como Diego”, leo en este juego de cerrazón, binarismo y eterna suma cero. Como si Maradona hubiera sido un matungo y rústico futbolista que solo corre en línea recta y no un estratega que supo que en zig zag se llega mejor al arco.

Corsets. Hay gente que es feliz encorsetada. Diego hizo campaña a favor de Domingo Cavallo y se tatuó al Che. Le dedicó su libro a Fidel Castro y a Carlos Menem. Zig zag. Como todo lo popular y masivo que tiene cientos de puertas de entrada.

Diego, el embajador deportivo itinerante de Menem. “El doctor Carlos Menem me ayudó mucho a cambio de nada, de nada. Yo me acerqué a él cuando pasó la tragedia de su hijo, Carlitos, en marzo del ’95. Pensé que podía darle algo. No sé, apoyo, algo… Cuando el peronismo perdió las elecciones con De la Rúa, en el ’99, fui a visitarlo, porque sentí que debía estar con él también en la mala y para demostrarle a todos que no tenía intereses por poder ni por nada. Fui cuando ya no estaba para la vuelta olímpica… La vuelta olímpica la dan los giles que se suben al carro de los vencedores. Y yo no soy de ésos”, dijo en su “Yo soy el Diego de la gente”.

Revolear fotos, al final del camino, se termina convirtiendo en un berrinche. Es descontextualizar, fragmentar imágenes. Lo que a la Argentina le ha pasado con este equipo merece ser mirado como un acto consciente, un acto político, en un tempo lento. Mirar en detalle, con detenimiento el punto de comunión, la zona común que nos regaló un equipo de fútbol para no resquebrajar semejante felicidad.