En 1924 Ortega y Gasset escribe un breve texto titulado “El Origen deportivo del Estado”, en el cual sostiene que en los orígenes de toda formación estatal puede encontrarse agrupamientos de jóvenes varones (machismo de la historia o del historiador) que, separándose de sus comunidades primitivas, dedican sus esfuerzos a prácticas superfluas desde el punto de vista de la necesidad y la utilidad inmediatas, y producen el resultado inesperado de una organización política de mayor complejidad. En este ingenioso e inclasificable texto, Ortega y Gasset sostiene que la forma del club deportivo juvenil estuvo presente tanto en los agrupamientos que dieron origen a las primeras organizaciones tribales como en los orígenes de los estados griegos, romanos y germánicos. En torno a estos clubes deportivos juveniles perdidos en la madrugada de los tiempos, que gastaban superfluamente su energía en la conquista (literal) de la femineidad y la destreza del combate, se produjeron a decir de Ortega y Gasset consecuencias tan disímiles como la exogamia, la guerra, la organización autoritaria, la ascética, la ley, la asociación cultural, el arte y las sociedades secretas.
Es decir, la energía despilfarrada inútilmente según criterios de utilidad social da origen a una trama social compleja y funcional cuya anticipación escapa al propósito de aquél esfuerzo improductivo. Algunos años más tarde, en 1933, George Bataille desarrolla su célebre teoría del gasto improductivo consignando la competencia deportiva como una de sus expresiones habituales.
Sin intención de extenderme sobre este punto, quiero aquí aprovechar la ocasión que me presenta esta noción para reflexionar sobre algunas consecuencias imprevistas producidas por la victoria deportiva (¿inútil?) de nuestro seleccionado nacional o, más precisamente, sobre las consecuencias que la contundente movilización de masas de diciembre produjo en la interpretación del presente político.
Y acá parece que contradigo al correctísimo principio por todos admitido según el cual es ilícito extrapolar el análisis de lo futbolístico a lo político. Pero yo no quiero hablar de futbol, quiero hablar de la masa, de la formidable movilización que protagonizó los festejos y acompaño el regreso de los jugadores.
La masa, ya sea como resultado imprevisto de un esfuerzo improductivo, ya sea como resultado deliberado de una política de masas, es la aparición de un signo que altera el mecanismo habitual de la representación nacional. Es la mayoría visible del pueblo, es la nación en cuerpo presente: el signo perceptible de la continuidad de la cantidad en la cualidad. Es el signo que anula la sustitución metafórica de las elites. La masa es, en suma, la subversión del signo metafórico de la representación sustitutiva de las elites que indica el lugar de una continuidad física con el cuerpo de la nación. Ésta oposición entre la lógica expresiva de la masa y el mecanismo sustitutivo de la representación elitista tal vez ayude a explicar la frustración de cierta dirigencia del más variado pelaje al no lograr extraer de esa masa de diciembre alguna migaja de utilidad política. Por más que se intentara incrustar alguna dosis de legítima representación política en esa formidable movilización, la masa persistió en su inutilidad festiva, en su pura improductividad graciosa. No obstante este fracaso, yo creo que hay dos consecuencias políticas que pueden extraerse de esta movilización. Una tiene que ver con la química interna de esa masa, la otra tiene que ver con la otra masa, la que se produce por medio de la voluntad política.
En primer lugar, convengamos en que la masa en acción constituye un instante de vértigo del orden político. Es el momento de terror más temido por la política hobbesiana y también el instante, real o teórico, que desmiente al estado como puro poder exterior o represivo. Si hay un momento en que la ficción de un pacto de convivencia política pone a prueba su legitimidad es en el momento en que masa desborda cualquier capacidad de contención estatal. Frente a las predicciones catastróficas de desborde social, la soberana autoorganización de la masa puso de manifiesto la envergadura de la recomposición del vínculo estatal con el pueblo. En las dos últimas décadas, de diciembre a diciembre, hay una notable recomposición de la legitimidad del orden político. Y no creo que sea mansedumbre de la masa, sino modificación de un estado que ha logrado hacerse más permeable a las demandas sociales. Y desde aquél diciembre de 2001 hasta la actualidad, las masas no han dejado de ser el actor principal de democratización de la vida pública impregnando al estado su racionalidad. Y a su vez, ésta conquista, lo racional en el estado, persiste en la masa en acción mientras que lo irracional es vomitado de sus entrañas. Una primera consecuencia política de la masa de diciembre último: al menos por ahora (y con nubarrones en el futuro), la nación está en paz con el estado. No hay hoy una impugnación generalizada al estado ni al sistema político. Hay, tal vez, indiferencia, y la última palabra la tendrá el acierto o desacierto de la política de producir una interpretación correcta de esa indiferencia.
Ahora bien, esta indiferencia, para la mirada políticamente motivada, fija la atención en el lugar ausente de la masa como sujeto político, la otra masa. Esta abrumadora ausencia de la masa que se produce políticamente es una segunda consecuencia de la masa improductiva de diciembre. La masa surgida del esfuerzo improductivo del deporte visibiliza la ausencia de la masa surgida del esfuerzo productivo de la política.
Producir políticamente la masa es interpelar, en la acción de gobierno y en el discurso público, a lo que Zabaleta Mercado llamaba en la década de los 60 las clases nacionales, es decir, a todos esos sujetos de la vida económica y política nacional cuya posición en el esquema de dominación global permiten construir una nación desarrollada. Este esfuerzo productor de masa nacional se opone al accionar mezquino de las elites que buscan integrar pedazos poblacionales para sostener diferenciaciones artificiales en las góndolas de las identidades políticas.
La ausencia de la masa como sujeto político, que caracteriza a la política actual, es el fenómeno correlativo a la fragmentación de las ofertas electorales. La política argentina se convirtió en una política de minorías que cuidan celosamente su escaso caudal representativo. Un peronismo que se ha hecho permeable a esta lógica es un peronismo que pierde ascendencia sobre las clases nacionales.
El peronismo es un movimiento fundado en la irrupción de la masa del 45, y a lo largo de su historia ha detentado la capacidad de producir políticamente a la masa, es decir, de articular internamente la fisonomía de sus reivindicaciones y formar políticamente un discurso que exprese a la mayoría social del país. El peronismo ha significado históricamente la disolución de las elites en la política de masas. Acción de gobierno y voluntad política orientada a conformar a la masa como sujeto de un nuevo poder. Hay sólo dos momentos del peronismo en el gobierno en que se ha renunciado a la construcción de este sujeto: en el menemismo, porque sus políticas eran mayoritariamente antinacionales, y en el gobierno del frente actual, en el cual sus políticas son mayoritariamente nacionales pero su dirigencia está empecinada en un juego de desgaste interno que la vuelve ciega frente a la mayoría. Todas las dificultades que enfrenta el presente argentino podrían ser enfrentadas de un modo diferente si la intriga palaciega diera lugar al trabajo de construcción de una nueva mayoría política nacional. Hoy, en mi opinión, esta posibilidad está también asediada por nubarrones.
Para darle eficacia a la tesis del bueno de Ortega y Gasset, una dirigencia con vocación de poder debería posarse imaginariamente, por un instante, en el fervor de esa masa de diciembre y desde esa efímera atalaya del sentimiento nacional victorioso, de esa imagen de una gran nación que se impone frente al mundo, vuelva la mirada a nuestra castigada conciencia actual. Y entre esas dos posiciones de sujeto, el de la conquista imaginaria pero vívida, y el de la cotidiana desnacionalización de nuestra conciencia popular, advertir el agujero exasperante de una política de masas vacante.
