Realidad en Aumento surgió en 2020, cuando empezaban a relajarse las medidas de Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) por la pandemia de Covid19, con el propósito de poner la lupa sobre el poder. La lectura que animaba esta publicación se basaba en la idea de narrar el estrago económico que embriaga a los dueños del país y alumbrar la opacidad de los pasillos judiciales, tres años antes que estallaran los chats de la legión de libertinos en Lago Escondido.
La primera edición de esta revista coincidió con el inicio de las Eliminatorias para el Mundial de Qatar 2022. La Selección Argentina recibió en cancha de Boca Juniors a Ecuador y se impuso por un tanto contra cero, con un gol de penal de Lionel Messi. Era temprano entonces para imaginarse la ilusión popular que vendría después y nuestro staff abordó en ese número inaugural la caracterización del empresariado vernáculo, la agenda parlamentaria y el desaguisado jurídico de los tribunales y sus magistrados.
La interna del Frente de Todos transcurría casi en sordina aún y la inflación se espabilaba, mientras el oficialismo empujaba, dubitativamente y sin golpearse el pecho, la Ley del Aporte Solidario Extraordinario, traducida vulgarmente como el impuesto a los ricos. El temor al contagio del virus seguía siendo más alto que la penuria económica pero ya empezaban a notarse los destellos del agotamiento social que capitalizaría electoralmente la oposición al año siguiente.
Era indescifrable todavía pero la misma sociedad que había parido periodistas deportivos que apostrofaban al capitán argentino como “fracasado” porque, supuestamente, no había ganado nada con la albiceleste, aunque había disputado tres finales de Copa América y la del Mundial de Brasil 2014, comenzaba a identificarse de rebote con la escuadra nacional. La partida de Diego Armando Maradona, el único ídolo indiscutido, pavimentó imperceptiblemente desde el 25 de noviembre de 2020 un camino subliminal que propiciaba un traspaso afectivo doliente e inconfesable pero vindicador y reparador a la vez. El dios dejaba espacio al genio: el barrilete cósmico del relato de Víctor Hugo Morales para el segundo gol del Diez contra los ingleses en México 86’ mutaba secretamente en la alfombra del Aladino maravilloso con que bautizaría la consagración del rosarino ante el derrumbe del croata Josko Gvardiol en la semifinal de Qatar.
En la tarde luctuosa del último suspiro maradoniano, la Casa Rosada incurría para colmo en uno de sus papelones habituales bajo la ingenuidad del ministro del Interior, Eduardo “Wado” de Pedro, quien había acordado con la administración de Rodríguez Larreta que la Nación asumía la seguridad de la ceremonia de despedida del astro futbolístico desde las rejas de Balcarce 50 para adentro pero delegaba el control de la calle en el funcionariado de la Capital Federal y se producía un ingreso aluvional de hinchas que irrumpían en el Patio de las Palmeras para llorar a Maradona. Gozosos, los medios de comunicación se hacían una panzada reprochando que el gobierno de Alberto Fernández no podía ni organizar el velorio del argentino fundamental. Que en 2021 la coalición gubernamental se negara a permitir que se dispute en estas pampas el torneo que Lionel Scaloni y sus dirigidos obtuvieron en el Maracaná contra Brasil fue, en ese sentido, la frutilla de una cremosa torta de torpeza táctica.
Se conoció un año más tarde, por la serie documental Sean eternos, que incluso esa rabia trasuntaban las palabras de Messi en la arenga previa al partido contra la verdeamarela de Neymar. “Esta Copa (América) se tenía que jugar en Argentina y Dios la trajo acá. La trajo para que la levantemos en el Maracaná, para que sea más lindo para todos. Así que salgamos confiados y tranquilos, que ésta nos la vamos a llevar a casa”, dijo en ese discurso mítico que ningún compatriota puede repasar sin emocionarse.
La factura a la política va de suyo, le pese a quien le pese. Sin embargo, ya decía Friedrich Nietzsche que cada uno alcanza la verdad que puede soportar. Messi y sus gladiadores consiguieron el galardón continental la noche del 10 de julio del 2021 y el Obelisco y las avenidas porteñas se poblaron de familias en jolgorio, a pie o en caravanas de automóviles y a bocinazos limpios. La abnegación militante guardó prudente silencio pero faltó ya por aquellos días densidad interpretativa para preguntarse sobre la necesidad de encaramarse en una conga plebeya. Tras la derrota en las PASO del 12 de septiembre siguiente, un sector del peronismo apeló a la pérdida del poder adquisitivo como explicación y causa del tropezón que dio curso a la presentación de renuncias en el gabinete nacional y amenazas de ruptura con mensajes epistolares de la vicepresidenta Cristina Kirchner, respuestas del presidente Alberto Fernández a través de los diarios y un desenfreno verbal off the record. Pocos indagaron en sus bibliotecas, o su experiencia vital, si el determinismo económico alcanza como argumento para la comprensión de una merma de sufragios y, todavía más imprescindible, si no es una defección ideológica la suposición de que los sectores populares votan con el estómago y el bolsillo, casi reducidos a una animalidad inaceptable o una domesticación de la que se reniega en ciertos foros.
Lo que vino en 2022, más reciente y feliz, tampoco releva a la dirigencia de la impostergable tarea de repensar(se): la conquista de La Scaloneta en Qatar se amasó y se saboreó sin tutela por una Argentina que no aparece contenida en un sistema político cuyas fuerzas perrean sus lotes de representación en un archipiélago de corrientes, agrupaciones o fragmentos ambulantes conchabados en una u otra parcela. El acontecimiento de la bienvenida a los jugadores, además, evidenció la energía disponible de un pueblo que está listo para la bulla y la fiesta y no escapa a la interpelación cuando le hablan. No obstante, el debate del ágora pública se limitó al fastidio por la foto que no fue en el balcón de Juan Perón y Maradona y se multiplicó cuando Macri obtuvo la suya con Messi, Antonela Roccuzzo, Emiliano Martínez y Mandinha, en la entrega de premios The Best.
Por eso, esta edición de REA se mete con la vacancia que dejan los líderes del campo popular en la reconstrucción política de un movimiento de masas, toda vez que parlan de equipo o ponderan la humildad y el amor a la camiseta por encima de las vanidades y el individualismo pero ventilan peleas de vestuario o acusan la pifia de otro ante el arbitraje de jueces decididamente en contra y la indiferencia de una tribuna aburrida. Tal es el tópico que exploran los artículos de Diego Murrone y Mariana Moyano, ante la curiosidad alarmante que constituye para los herederos de la doctrina del General que sus caciques no puedan conducir la alegría y elijan el ceño fruncido en Twitter.
Asimismo, se incluyen en estas páginas textos de Ezequiel Fernández Moores, Mónica Santino y Leila Grayani, que van desde la fineza en el análisis del rendimiento deportivo a la repercusión social y se hacen eco de una algarabía que perdura, a tres meses de la hazaña, e inspira un sentimiento de orgullo nacional que no reduce la inflación ni gobierna el tipo de cambio pero pulsa la fibra de la esperanza. Y ya con un tinte más filosófico, Julián Fava se despacha con el par dicotómico de lo sagrado y lo profano en la urdimbre religiosa que crece tanto entre las piedras del potrero como en el tupido césped del Lusail.
Las élites podrán patalear frente a lo que no decodifican. Sin jactancias, Realidad en Aumento pone el foco en un terreno que, a pesar de los perniciosos flujos financieros y la mafia que lo rodea, ofrece una fertilidad insubordinada para la creación de figuras que conmueven a los más recios con biografías que arden en el Coliseo. En una nación plagada de ganadores con pasta de campeón, los millones que fueron óleo de carne y hueso en la bienvenida a la Selección son prueba indesmentible de que el pueblo argentino está para comerse la cancha y honra a sus héroes con corazón y carnaval. La clave radica en entender el juego.
